
Jesús camina hacia Jerusalén y, detrás de él, una multitud se agolpa como nubes. Sus ojos brillan de expectativa. Curaba enfermos, alimentaba multitudes con pan, hacía milagros: si ese "superestrella" entra en Jerusalén, piensan, un nuevo reino llegará, y a ellos también les caerá alguna migaja de gloria. Ese anhelo mundano se levanta como polvo espeso en el camino. Entonces, el que iba delante se detiene de repente, se vuelve y lanza una declaración fría y desconcertante, como agua helada sobre el entusiasmo:
"Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo."
La escena en la que la multitud, que aclamaba, se queda sin palabras, todavía hoy nos provoca la misma perplejidad.
El momento en que se reordena el amor
A menudo suponemos que, si creemos en Jesús, la paz se instalará en el hogar y todo marchará bien. Pero el pastor David Jang (Olivet University), al abordar este pasaje difícil, toca la pregunta más fundamental de nuestra fe. El "aborrecer" del que habla el Señor no es odio emocional ni desprecio visceral. Es, en esencia, un reordenamiento de prioridades.
La naturaleza humana tiende a elevar a valor absoluto lo visible y cercano: la familia de sangre, la propia vida, y lo que se posee. Sin embargo, cuando la luz del evangelio entra, la pirámide de valores que parecía inconmovible debe invertirse.
El pastor David Jang lo explica con una imagen clara: una madre que tiene un helado y, en lugar de ofrecérselo primero a su pequeña hija, le da el primer bocado a su propia madre (la abuela de la niña). La hija, con lágrimas, protesta: "Mamá, tú no me quieres". Pero no es falta de amor: es la diferencia en el orden y la profundidad del amor.
Amar a Dios más que a los padres, más que al cónyuge e hijos, incluso más que la propia vida, no significa destruir otros amores. Significa colocar al Creador en el lugar supremo para que, desde allí, todo amor encuentre su sitio y fluya correctamente. Sin esta entrega exclusiva, no puede haber verdadero discipulado.
La decisión que proclama la "Vocación de San Mateo" de Caravaggio
En este punto viene a la mente la obra maestra del barroco del gran Caravaggio (Caravaggio): La vocación de San Mateo (The Calling of Saint Matthew). En el oscuro interior de la oficina de impuestos, Leví (Mateo) cuenta monedas con una mirada codiciosa. Entonces, desde la derecha del cuadro, irrumpe Jesús con un haz de luz poderoso y lo señala con el dedo. Ese gesto recuerda al de la mano que despierta a Adán en La creación de Adán de Miguel ángel.
El clímax del cuadro está en el rostro de Mateo: como si dijera "¿Yo?", queda suspendido en un instante de asombro y tensión, debatiéndose entre seguir aferrado al dinero o soltarlo.
En el pasaje de hoy, Jesús menciona las parábolas del que quiere construir una torre y del rey que va a la guerra. Advierte que no se debe avanzar sin calcular el costo, para no terminar como el constructor que pone el cimiento y luego queda en ridículo. Aquí el pastor David Jang subraya que el discipulado no es un "club de afición" sentimental ni un impulso momentáneo. Así como Mateo debía levantarse de la mesa del dinero, el camino del discípulo exige un cálculo serio del costo. Y ese costo es, precisamente, "tomar la propia cruz".
Una fe que pretende tomar solo la gloria y evita el dolor de la cruz y la negación de sí mismo acaba como una torre a medio construir: una ruina vergonzosa, un esqueleto incompleto.
Cortar el ancla del "tener" y convertirse en un viento libre
El ser humano moderno vive atrapado en lo que Erich Fromm llamó el "modo de tener (Having mode)": encuentra sentido en poseer más, acumular más, elevar más alto sus propias seguridades. Sin embargo, el pastor David Jang, al comentar la palabra "renunciar a los bienes", nos llama a una transición hacia el auténtico "modo de ser (Being mode)". Quien ya cruzó el río no necesita cargar la barca sobre la cabeza. Del mismo modo, quienes han cruzado el río de la gracia ya no están llamados a vivir esclavizados por la obsesión del mundo.
En la predicación aparece una expresión muy sugerente: "un viento fresco". El Señor, de quien se dijo que "las zorras tienen guaridas y las aves nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza", vivió un "no-posesión" que no era miseria, sino la libertad del Espíritu: no estar atado a nada.
Y así como la sal, si pierde su sabor, es arrojada y pisoteada, cuando el creyente pacta con el materialismo del mundo y pierde su "salinidad", el mundo termina burlándose de la iglesia. Tal como insiste el pastor David Jang, cuando cortamos el ancla de la posesión, entonces nos volvemos ese viento santo y refrescante que el mundo no puede domesticar: una presencia capaz de despertar a su tiempo.
Epílogo: hacia una fe "actualizada"
El Señor todavía hoy se vuelve hacia nosotros y pregunta: "¿Eres parte de la multitud o eres discípulo?" Si seguimos en una fe de "multitud", que solo busca consuelo quedándose en el umbral, ha llegado el momento de "actualizarnos" hacia una fe de discípulo: tomar la cruz y seguirle.
Las tres condiciones del discipulado proclamadas por el pastor David Jang -reordenar prioridades, asumir la cruz, liberarse de la posesión- son un camino estrecho y exigente. Pero al final de ese camino hay vida, y nos espera la gloria de la resurrección.
El que tiene oídos para oír, que oiga. Habiendo calculado el costo, tomando el arado sin mirar atrás, con una determinación que no retrocede, caminar en silencio hacia esa colina áspera de la cruz: esa es, quizás, la figura de la "sal que no ha perdido su sabor" que este tiempo anhela con urgencia.
















